| Evangelina
Carrozo : Contaminan las papeleras? SI O NO
Un antiguo y nunca desmentido ranking
elaborado por Naciones Unidas ubica la obtención de pasta de
celulosa entre las cinco actividades industriales más contaminantes.
Es decir, aquellas que liberan subproductos de alta persistencia en
el ambiente (los organoclorados, principalmente) y
potencialmente cancerígenos.
¿El paisaje futuro de la costa del río
Uruguay?
Sergio Federovisky
La modernidad, dicen los teóricos, impone
nuevos conflictos. O conflictos viejos por temas nuevos. La ecología
aparece como un tema novedoso, aunque esconde –o subraya, según
se vea– la esencia de los conflictos habituales de la humanidad.
El catalán Joan Martinez Allier, sin reduccionismos, sostuvo académicamente
que todo problema ambiental en verdad es el emergente de un
problema económico (la aplicación de tecnología no contaminante
o, mejor dicho, la resistencia de la industria a aplicarla es la
confirmación de esa hipótesis). Parafraseándolo, quizás, a
partir de Gualeguaychú comprobemos que toda batalla cuyo eje
temático sea el medio ambiente es en el fondo una batalla
económica.
Tomás Maldonado decía en su libro Ambiente
Humano e Ideología que seguramente la ecología era una
moda. Pero que como toda moda, su costado útil es que, una vez que
es reemplazada por otra moda, algo deja al menos en el inconsciente
colectivo. Aun siendo éstos los retazos de la moda, bien vale la
pena analizar un conflicto por motivos un tanto más humanos, un
tanto menos inmediatistas o grotescos que aquellos a los que estamos
habituados.
El escándalo de las papeleras que Uruguay
aceptó construir en Fray Bentos, a orillas del río homónimo
del cariñosamente llamado “paisito”, y la consecuente batalla
desatada entre vecinos desconfiados, ambientalistas en su
salsa, políticos recién llegados a la ecología, diplomáticos
molestos con el exceso de desprolijidad que propone la lucha popular
y empresarios que actúan como si nunca hubieran siquiera lanzado un
papel fuera del cesto representa una puesta en escena inédita por
estos barrios: el arribo de los conflictos nacidos y sostenidos en
la defensa del medio ambiente.
Los activistas globalifóbicos y
muchos militantes ecologistas del Primer Mundo pueden
presentar credenciales de peleas similares. Sin embargo, casi nadie
puede arrogarse haber ubicado una consigna ambiental en el
centro de una lucha popular. Y efectivamente, aunque suene demodé y
setentista, la épica de 40.000 personas –sobre 70.000 habitantes
totales– cortando un puente internacional allá por abril y
decenas de cortes posteriores sin más organización que la espontánea
de una ciudad pequeña no pueden sino definirse como lucha popular.
Pero antes de llegar a la descripción de
cada uno de los protagonistas y las tácticas o estrategias que los
convocan, enfrentan o equiparan, conviene describir la verdadera
esencia, el telón sobre el que se desenvuelve la crisis.
Desiertos verdes
Hace aproximadamente 25 años, la industria
internacional consumidora de papel descubrió que su stock de
árboles decrecía, que la demanda se acentuaba y que las crecientes
regulaciones ambientales en el Primer Mundo iban en detrimento de
dicha actividad. En consecuencia, el abastecimiento de pasta de
celulosa –materia prima inevitable para hacer papel–
empezaba a entrar en riesgo futuro.
Como estamos en el capitalismo, no hay que
olvidarlo, los carteles de la pasta de celulosa –comandados
por los nórdicos, por aquello de que en los albores de la industria
era de los pinos escandinavos de donde se sacaba mejor celulosa–
comenzaron a planificar el siglo XXI. Y descubrieron que vastos
territorios quizás alguna vez boscosos y postreramente ganaderos
podían cobijar nuevos bosques, pero esta vez plantados pensando en
su futuro papel (o en el papel futuro). Así nacieron
lo que muchos prestigiosos ecólogos y biólogos denominaron
“desiertos verdes”: miles de hectáreas de bellos bosques
conformados por una sola especie.
“¿Por qué cree que Uruguay no es
un país forestal?”, le preguntaron al actual ministro de Ganadería,
Pesca y Agricultura de ese país, el pintoresco José “Pepe”
Mugica, quien, dicho sea de paso, se manifestó a favor de la
inversión que significarán las papeleras, siempre que no
hipotequen ambientalmente al río Uruguay. “Porque nunca vi
que la naturaleza haga el mamarracho de hacer un bosque con una sola
especie”, explicó como el mejor de los expertos en ecología
vegetal.
Los productores mundiales de pasta de
celulosa concretaron lo que, también en lenguaje setentista, se
conocía como “división internacional del trabajo” y hoy se
describe como un subproducto nocivo pero inescindible de la
globalización. Determinaron que la pasta de celulosa que
seguirán consumiendo los países centrales (ya sea para consumo
directo o para fabricar papel que luego importaremos los países no
centrales) se obtendrá en estas naciones periféricas de tierras fértiles,
mano de obra barata, escenarios contaminables y leyes ambientales
persistentemente laxas.
De ese modo idearon el proceso, sabiendo de
antemano que al final del desarrollo del bosque de una sola especie
(en general, eucalipto) debía haber una “pastera”
(planta de obtención de pasta base de celulosa) esperando.
De aquellas forestaciones masivas a
estas papeleras
Por eso los empresarios representativos de
la empresa finlandesa Botnia –una de las dos en conflicto
frente a Gualeguaychú– dicen y escriben que están
completando la cadena de un polo de desarrollo forestal. Por eso,
dicen que habrá “pasteras” en toda la cuenca del río
Uruguay, para poder procesar al pie de las forestaciones los
miles de árboles allí ya crecidos. Y por eso, groseramente, dicen
que en caso de persistir en su oposición a las papeleras, el
gobierno de Entre Ríos –territorio con mayor cantidad de bosques
implantados que la República Oriental del Uruguay– deberá
importar toneladas de vaselina para ubicar en algún lado tantos
eucaliptos.
Tan brutal es el proceso de otorgamiento de
roles por parte del capital internacional, que ya se sabe que del
total de la producción anual de pasta base de celulosa de
las dos papeleras de Fray Bentos, el 90 por ciento ya está
previamente colocado en mercados de los Estados Unidos y Europa.
Aquí queda la contaminación y algunas
divisas.
Los actores
…
1. Uruguay
El paisito está atado no a la decisión de
éste o el anterior gobierno sino a lo que muchos economistas
amantes del mercado sacralizan como “políticas de Estado”. La
política de Estado de Uruguay en este tema, insistimos, fue
decidida hace un cuarto de siglo cuando se inició la forestación
masiva, sin considerar ni el impacto ecológico negativo del
monocultivo forestal ni el posterior de las pasteras que
irremediablemente deben instalar al final del proceso.
Es por eso que en el horizonte inmediato
aparece el condicionamiento establecido por las empresas papeleras
que, conocedoras e impulsoras de ese proceso, impusieron cláusulas
monumentalmente leoninas al Estado uruguayo en caso de incumplir los
contratos. Y, una vez sorteado el actual escollo del conflicto con
Argentina –más bien, con la gente de Gualeguaychú–, hay una
ristra de proyectos de pasteras a ser instalados en ese sitio.
2. Gualeguaychú
Conocedora de los antecedentes poco felices
de la industria celulósica en materia de contaminación en
el mundo, los ciudadanos de Gualeguaychú son claros ejecutores de
la política de NIMBY (”Not In My Back Yard“, algo
así como “no en mi jardín”). Tanto es así, que cuando surgió
de la Cancillería argentina la propuesta negociadora de trasladar
las papeleras cien kilómetros al sur de Gualeguaychú, muchos
respiraron aliviados por aquello de que “no lo voy a sufrir yo”.
Sólo Greenpeace puso un poco la pelota contra el piso en
este último tramo de esta historia, al señalar que ésa era una
manera de administrar el conflicto sin resolver la cuestión de
fondo.
Pero aun cuando el NIMBY parezca una
mirada egoísta sobre el conflicto, no es menos cierto que nadie le
consultó a la población de Gualeguaychú si quería pagar
con impacto ambiental el presunto beneficio económico y laboral de
terceros (los uruguayos).
3. Argentina
Es la de peor situación en el conflicto.
El país tiene escasa autoridad moral para reclamar a Uruguay que
detenga una industria presuntamente contaminante. La Argentina
queda, a los ojos de cualquiera que observe con desapasionamiento el
asunto, presa del doble estándar. Por un lado, aparece amenazando
con ir a los foros internacionales a defender su derecho al ambiente
sano y, por otro, el país tiene fronteras adentro un desbarajuste
ambiental imposible de disimular.
Citemos un ejemplo pertinente. Argentina
fundamenta su protesta diplomática por el tema de las papeleras
en el recurso compartido –el río Uruguay– que aparece amenazado
por este proyecto. Hace apenas dos meses, se dio a conocer un
estudio realizado por Freplata –organismo ambiental binacional
rioplatense– donde quedaba en evidencia la contaminación record
del Río de la Plata. El informe contenía tres conclusiones categóricas
respecto de ese “recurso compartido” entre Buenos Aires y
Montevideo: a) que Uruguay había revertido la contaminación de
origen cloacal que se había expresado en sus costas hace una década;
b) que la costa de Buenos Aires había alcanzado en ese mismo tiempo
y hasta la actualidad niveles de contaminación similares al
Riachuelo y el Río de la Plata; c) que la casi totalidad de la
contaminación del Río de la Plata como cuerpo de agua se explica
por la actividad incontrolada de las industrias radicadas del lado
argentino y por la ausencia de tratamiento de los residuos cloacales
de las ciudades emplazadas desde Santa Fe hasta Magdalena.
¿Contaminan las papeleras?
Un antiguo y nunca desmentido ranking
elaborado por Naciones Unidas ubica la obtención de pasta de
celulosa entre las cinco actividades industriales más
contaminantes. Es decir, aquellas que liberan subproductos de alta
persistencia en el ambiente (los organoclorados,
principalmente) y potencialmente cancerígenos.
Tanto Ence (de origen español) como
Botnia (de origen finlandés) tienen –de forma directa o
por la tecnología que utilizan– precarios antecedentes en esta
materia. Ence, en especial, administra desde hace 50 años
una planta de obtención de pasta de celulosa en Pontevedra,
en las rías gallegas. Cuenta la leyenda que Ence,
originalmente del Estado franquista, fue instalada a bayoneta limpia
de la mano de aquel latiguillo del generalísimo que proponía que
lo estatal y fabril eran sinónimos de progreso, dejaren el tendal
(social, ambiental) que dejaren. Marchas, protestas y hasta una
condena firme por daño ambiental consuetudinario no consiguieron
que Ence abandonara las rías baixas y, con ella, el olor a
huevo podrido (ácido sulfhídrico) característico del proceso de
separación de la lignina de la madera. El alcalde de Pontevedra ha
recomendado a su par de Gualeguaychú que haga lo imposible
por impedir la planta de Ence en Fray Bentos. Y se
presume que sabe de qué habla.
A Botnia –o a su tecnología– le
atribuyen tanto la supuesta limpieza de la producción de
celulosa en los alrededores de Helsinki como dos episodios tan
confusos como lesivos para el ambiente. Uno, el de una planta
instalada en Valdivia, Chile, donde organismos oficiales de los
Estados Unidos reclamaron el cese de su funcionamiento por haber
destruido el santuario natural de río Cruces, donde de 6000 cisnes
apenas quedaron 300 agobiados por la contaminación liberada aguas
arriba. La otra es la planta de Espíritu Santo, en Brasil, donde
comparten la crítica por la contaminación fabril con las
acusaciones de haber favorecido la pérdida de bosques nativos a
favor de megaplantaciones de pinos y eucaliptos con horizonte de
papel.
Los expertos dicen que no sólo la liberación
de ingentes cantidades de sustancias nocivas es motivo de
contaminación. Una playa como la que utilizan los turistas que van
a Gualeguaychú, frente a la cual se erija una chimenea ajena
a cualquier paisaje natural, bien puede considerarse que ha sido
contaminada.
También vendrán quienes pregunten por qué
tanta alharaca si nuestra convivencia con esta amenaza ambiental es
anterior al conflicto de Fray Bentos: sólo en Brasil la
industria de la celulosa contiene a 220 plantas fabriles y en la
Argentina hay una docena de industrias, todas ellas a la vera del
Paraná y algunas de ellas con denuncias y clausuras por contaminación.
Otros sostendrán que se trata de un nuevo
episodio de la saga que confronta a medio ambiente con progreso y
que sólo se trata de controlar que no se contamine por encima de
los valores permitidos (de contaminación). Pero será más difícil
explicar, sin recurrir a los clásicos y a cierto setentismo, por qué
la Unión Europea resolvió erradicar de su territorio para la próxima
década tecnología de producción de pasta de celulosa que persiste
y se inaugura día a día por estos arrabales.
Habrá que preguntarse, en el mar de la
globalización, cuánta ecología le toca a la parte más
desigual del mundo.
Fuente: http://evangelinacarrozo.wordpress.com/
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